Esta reseña no la escribí yo. La escribió mi hermana, Florencia Castellá, que me conoce desde antes de que yo fuera artista y entiende mejor que nadie cómo pienso, creo y decido. Su mirada sobre “Todas mis creaturas” me emocionó tanto que quise compartirla acá, completa, porque siento que ilumina la muestra desde un lugar al que yo sola no llegaría.
La bifurcación que acarrea la toma de una decisión, por si o por no, pareciera dejarnos a merced del sentimiento de pérdida, de todo aquello que se sepulta bajo el epitafio “podría haber sido, pero no fue”. Por generación espontánea, un cluster agrupará en la idea inconsciente todos los objetos y situaciones que coinciden taxonómicamente en una vivencia trunca. Todo lo que se deja de lado por haber emprendido otro camino. No obstante, no se trataría de justicia si no se elevaran al reconocimiento las experiencias que se acumulan en el haber que, por dichosas o aún por desafiantes, conforman lo que sí, lo que efectivamente permanece. No todo futuro fue mutilado. No toda trama fue malsana. Pero en el entrevero de pros y contras, de una postura u otra, quizás el ancla sea más notoria que el norte. Y si de esa sola menuda empresa se tratara, quizás el reafirmarse, a lo largo del tiempo, en la posición primigenia y el goce de sus frutos, constituya al bálsamo. Si tan sólo el dominio de las decisiones personales se resumiera a eso, a la parcela de intimidad, el periplo se desandaría con la confianza en nuestro propio deseo. Quizás la verdadera historia esté aún un poco más entorpecida en los terrenos que versan los mandatos, los que pareciera que irremediablemente el destino ya fue marcado por una directriz desde el origen. ¿Cómo torcer esa trayectoria, cómo emanciparse de la opinión plomiza? De esto se trata la exhibición que nos convoca, de los resultados y vivencias de una decisión consciente, sin ligereza, pero que no por eso se disocia de la liviandad –por etéreo- que nos gobierna cuando la certeza se desprende de un deseo genuino. Cel Castellá nos presenta en “Todas mis criaturas” un extracto de su vasto universo atravesado por una declaración: la elección de no ser madre.
En la sala se presenta una combinación de pintura y bordado desarrollado en una serie de bastidores cuya ortogonalidad parece derretirse ante lo orgánico de las figuras. Una explosión de naturaleza viva es el primer golpe de ojo. Los plenos de tonalidades oscuras se intercalan como opuestos en información, pero aun así dialogan con los atiborrados en vegetación para brindarnos capas de profundidad. Se instala la sensación de que un simple recorrido no basta para incorporar todo lo expresado en imágenes. Y es que el mensaje es claro: la decisión de no ser madre no ha quebrantado la promesa de vida. Entonces ahí, en ese dilema de ser o no serlo, donde gestar amparaba una sola connotación, descubrimos que eran posibles otras formas de trascender. La renuncia no ha tornado árido el terreno de todo lo potencial que no será, sino más bien nos encontramos con la sensibilidad de todo lo que sí habita y late. En palabras de Cel, “la creación y la presencia son otra manera de brindar vida”.
Luego del primer encuentro, la familiaridad con las obras no tarda en llegar. Para ampliar el concepto, lejos de resonar a algo ya visto, estas piezas conjugan calidez con una sensación onírica. Mediante la paleta de colores y las texturas generadas se evoca la intimidad de un refugio, pero al mismo tiempo brinda un aire exploratorio, de rincones que requieren una visión comprometida. Una sola de las obras nos propone líneas rectas en su composición. Un retrato de la artista en su mesa de trabajo. Podemos ser espectadores ocultos, asomarnos detrás de su espalda y entrever un dibujo incipiente. Inconcluso, por ende. Más allá de que nos ofrece el libre albedrío de completarlo a nuestro antojo, considero este acto una suerte de portal a todo el resto. Una antesala con anclaje en el mundo tangible que invita a seguir por todo lo que procede de ese acto de creación. A partir de allí, un murmullo de curvas amortigua cualquier rigidez. Severidad, abstenerse. Es probable que se alteren las reglas de perspectiva y el orden de los factores no obedezcan lo esperado.
Los dominios pictórico y textil, en principio de origen ajenos, establecen acá un mestizaje que gana más que la sumatoria de sus partes. Otorga sutileza y la invitación a detenerse en ese juego de distinguir qué-hay-dónde cuando uno concluye que rendirse ante ese engranaje material sea quizás lo más enriquecedor. Los detalles conviven naturalmente en la estética de Cel Castellá a la que nos mantiene habituados en sus trabajos gráficos, pero acá, con puntadas o pinceladas, adquieren una tercera dimensión. Esto último, no sólo por mencionar la matemática y sus coordenadas, sino que es además meritorio recobrar el sentido de la labor. Algo que permanece una vez ejecutado y no puede deshacerse. Llegó para quedarse. Algo que responde a elecciones segundo a segundo bajo dirección manual que le imprime un presente continuo. Eso que ocurrió en la confección reside y nos llega de otro tiempo. Y en virtud del mensaje que se quiere transmitir, cómo olvidar que esa construcción que nos ofrece nos hace parte, ni más ni menos, del paisaje cotidiano de la artista. Todo lo que aflora en el desglose de sus días. ¿Qué conforma ese terreno fértil?
El título de la muestra anticipa multiplicidad y un sentimiento de pertenencia que se eleva como estandarte. Todas mis criaturas, condensa una constelación. Con el desafío que eso contempla, por infinitud y por ingravidez. El resultado de lo que vemos peca, por fortuna, de reduccionista. No por simpleza definitivamente, sino que nos deja la chispa interna de saber que no se termina en lo que vemos. La creación es un acto constante que muta, no agoniza. Estas obras, hoy, son un recorte temporal y material del proceso que se anticipó inmediatamente a la fecha de inauguración, pero reconocemos que perdurará. Nos motiva en consecuencia a captar que la no maternidad dista de ser algo limitante en términos de expansión, de legado. Quizás roce lo evidente mencionar que criatura se reúne desde su raíz etimológica con criar, pero también lo hace con crear. Del latín, creare: “crear, producir de la nada” o también, “engendrar, procrear”. El lenguaje nos legitima la posición de otorgarle categoría unívoca de criatura a lo que se desprenda del proceso creativo. Este último, vinculado con el término griego poiesis, es definido por Platón en su obra El banquete como “la causa que convierte cualquier cosa que consideremos de no-ser a ser”. En la muestra, no sólo las obras son producto de la creación, como objeto, sino que además su representación evoca cada forma de criatura personal de la artista. Entendemos por su contexto visual que no podemos encasillarlas en el terreno de lo puramente fáctico, son producto de lo sagrado del arte. Se tratan de seres, pero también de lugares, de espacios. Como en la cosmovisión andina, las huacas no se limitaban a las cosas. Un paisaje podía serlo, un árbol, una flor, impulsados todos por la fuerza espiritual, camay.
Entregarse a la experiencia de esta muestra es promesa de ampliar la mirada y también encontrar refugio. La cita es en Artivistas, París, hasta el 7 de diciembre.